|
El oficio de vivir
|
|
por Fernando Peirone
A León y, en su persona, a todos quienes hicieron la Facultad Libre de Venado Tuerto
A riesgo de caer en reseñas que León no dudaría en calificar de anecdóticas, nosotros, que no somos pensadores como el resto de las firmas que aquí ensayan una aproximación al pensamiento rozitchneriano, nos limitaremos a describir la experiencia de vivir la filosofía de primera mano, hecho que, además de darnos una mirada ideológica indispensable, nos hizo felices, como parte fundamental del acto de conocer.
El rey de la selva Conocimos a León por boca de Juan Carlos Volnovich. “Ustedes tienen que conocer a León Rozitchner”, nos dijo una calurosa tarde de verano después de un opíparo en que las anécdotas de fútbol y psicoanálisis se mezclaban y confundían perdiendo y ganando sustento según correspondiera. “Si ustedes lo conocen quedan prendidos para siempre. Es un león. Siempre parece dormido, cansado, pero cuando se enoja ruge como un verdadero león”. Era diciembre de 1986. La Biblio había salido invicta en el campeonato de la Liga Venadense de Fútbol y nosotros, un puñado de ávidos escuchas, parecíamos no tener límites. Pocos meses después, la infinita generosidad de los Volnovich nos incluía en una velada en su casa de la calle Güemes a la que iba a asistir el tan mentado León. ¿Quién era ese tío del que no se cansaba de hablarnos cuanto intelectual pasara por Venado Tuerto? Cuando llegó la hora de comer todos los lugares de la kilométrica mesa fueron ocupados, menos el de la cabecera, que fue cedido a León como una cosa obvia. Yo, casualmente o no, quedé sentado a su lado. Esa noche supe que nadie pasa impunemente por la mirada de ese hombre de vitalidad arrolladora y siempre bien acompañado. Sus movimientos eran seguros y perezosos, como si en verdad fuera el rey de la selva; y aunque participaba poco y nada de la conversación general, su humor era bueno; sólo se transformaba cuando alguien hablaba del país, en ese momento intervenía de manera enérgica y su figura cobraba un protagonismo intimidatorio, entonces la escena pasaba a ser su territorio de combate y sus palabras eran estiletes que calaban hasta la almendra sin piedad. Al día siguiente, León nos invitó a comer pollo a la mexicana en su anterior casa de Coronel Díaz y Las Heras. Cocinó y nos atendió como lo hace un verdadero anfitrión; no recuerdo sin embargo haber pasado un examen tan riguroso a lo largo de toda nuestra historia como grupo. La reunión duró casi tres horas, de las cuales nos pasamos más de una hora y media contando nuestra procedencia y contestando una pregunta tras otra. Aprobamos con cuatro. Ese día fuimos admitidos entre sus afectos, y en su memoria.
Los afectos En cada una de sus relaciones, León recuerda que somos “el lugar donde el sentido de la verdad del mundo se hace inteligible, en la medida que mantiene y pone en tensión los extremos de su experiencia histórico-subjetiva”. De ahí que sus afectos sean incondicionales, y su mirada implacable directamente proporcional a esa preocupación. Una vez que alguien ingresa en sus afectos, también lo hace en su memoria. Como nosotros aquella vez que fuimos a su departamento. El Gordo Soriano, que lo amaba tanto, sobre el final de una madrugada larga (como le gustaban a él), después de haber hablado de fútbol y literatura toda la noche, nos dijo que el amor de León “es una de las mejores y de las peores cosas que te puede pasar en la vida. Por que se va a interesar por vos como lo hace él, de un modo final”. Y reduciendo la complejidad a ese lenguaje de campito que le era tan propicio, como si fuera el cónsul de “A sus plantas rendido un león”, agregó: “Por eso cuando me pregunta ‘cómo andás, Osvaldo’, yo le digo: ‘Bárbaro León, estoy fenómeno’. Por más que esté hecho mierda. Si le decís que andás mal, te empieza a preguntar y a preguntar y a preguntar, como si te estuviera desclavando puñales que llevaste toda la vida sobre tu espalda. ¿Vos sabés lo que es eso?”. En todos estos años no hemos encontrado quien habiéndolo conocido haya superado la relación para hablar de su obra sin referirse a su persona. Los cinco autores que aquí escriben, son una muestra de esa inhibición fundante. Habiendo pasado por ese cuerpo con palabras que es su pensamiento, León interpone una barrera ideológica que impide separar las ideas de la carne que la sustenta. “Cada uno de nosotros es un absoluto-relativo”, dice. Y para explicar ese carácter irreductible a todo otro, acude a lo más relativo: nuestra subjetividad, cuya fragilidad y grandeza se construye a partir de cosas temporales y circunstanciales (¿azarosas?): una historia, padres, familia, amores, amigos: el mundo exterior del que se nutre lo más íntimo y se construye la estructura personal. En ese cruce, nudo gordiano que ni la espada de Alejandro libera, emerge el hombre desde el que habla León: todo y nada, pero único.
Un León en Venado En mayo del ’87 lo trajimos a Venado. Llegó en la madrugada de un sábado, después de seis horas de amansadora en Chevallier. A la mañana lo llevamos a tomar un café a la confitería del Hotel Riviera. Nadie sabía quién era ese tipo con rasgos mongoles y aspecto somnoliento que nos acompañaba. Para la mirada de ese Venado, era un bicho raro, otro de los tantos que traía la Biblio. Pero León se sentía cómodo, agradecido, y aceptó hablar de todo con buen ánimo. Nosotros al principio sentimos un poco de vergüenza por no haber leído nada de su obra –como nos pasaba con casi todos–, pero fue sólo un rato, después se nos pasó y comenzamos a ametrallarlo a preguntas, queríamos saber de Francia y Merlau Ponty, de Contorno, de Cuba, de su amistad con Cooke, de los revulsivos setenta. Habló de cada uno de los temas con paciencia y entusiasmo; sólo en un momento dejó entrever que el tiempo le había hecho una estocada fatal, fue cuando le dijimos que teníamos un poema de Paco Urondo que lo mencionaba a él, a Juan Gelman, a Rodolfo Walsh, a Noé Jitrik (“La amistad, lo mejor de la poesía”). “Paco era un ser alegre y vital”, dijo lacónico, como si hablara solo. Después agregó: “Discutíamos mucho sobre Perón. Un día la discusión se hizo bastante acalorada, entonces Paco se paró y me dijo: ‘¿vos pensás que Perón es un traidor?’ En ese momento supe que mi respuesta significaba la posibilidad de una ruptura final con él”. Y vos qué le contestaste, le preguntamos nosotros. León no recordaba bien: “no me acuerdo exactamente qué fue lo que le contesté, pero sí recuerdo que privilegié mi relación con él antes que la discusión. Desde ese día no le saqué más el tema. Me importaba más su amistad que todas las ideas del mundo”.
El espejo tan temido Poco tiempo después de su primer viaje a Venado, comprobamos el fuste intelectual de León en carne propia, cuando leímos un artículo suyo titulado “El espejo tan temido” que tiempo atrás había aparecido en la revista Crisis. En ese breve ensayo, con demoledora contundencia ponía a la izquierda frente a su propia imagen y le recordaba que tenía de qué sentir vergüenza, como si él fuese –y en verdad podría serlo– el Super-yo de los argentinos. Fue recién en ese momento que comprobamos frente a quién habíamos estado todo ese tiempo. A partir de ese momento comenzamos a leer cada uno de sus libros y los de cada uno que venía. Cuando León discute, invariablemente y como nos había advertido Volnovich, necesita un referente en quien depositar su mazazo filosófico entre ceja y ceja: Perón, Althusser, los militares, los intelectuales de izquierda en el exilio, Menem. “El espejo tan temido” formaba parte de su enojo con el derrotero de la izquierda que tan alegremente había decido por todos en los setenta y ahora abrazaba la causa democrática como si fuese una conquista popular y no lo que en verdad era, un espacio abierto desde el terror después del intento fallido de los militares de legitimar y prolongar la guerra sucia con el desvariado asalto a Malvinas. Entre sus “adversarios” de entonces, estaban Aricó, Portantiero y los intelectuales que firmaron el “Manifiesto del Grupo de discusión Socialista” aparecido en la ciudad de México con motivo de la guerra de Malvinas. Uno y otro, en su paso por Venado, reconocían que León había tenido razón. Portantiero, por ejemplo, cuando vino a la Facultad Libre, fue a comer con nosotros y cuando en la sobremesa, le preguntamos por su relación con León, se exaltó. “¡No me hables! –dijo– Nosotros sacamos un comunicado desde Méjico cuando la guerra de Malvinas, y nos equivocamos. Está bien. ¡Pero sacar un libro! Dejate de joder, es demasiado. Nosotros ya lo reconocimos: nos equivocamos. ¡¿Qué más quiere!?”, preguntaba casi con abatimiento. Tiempo después vino León nuevamente y en otra sobremesa le contamos lo que nos había dicho Portantiero. “¿Ah sí? –preguntó con su voz ronca– ¿Admitió que se equivocaron? ¿Y por qué no saca un libro como hice yo?”, remató el inefable, pidiendo pruebas (o una penitencia) a la altura del error cometido. Con Aricó, fue algo distinto. Tenían diferencias que solían enojarlo y mucho, como su acercamiento al alfonsinismo, pero lo respetaba mucho. Y era recíproco. Pancho, ya enfermo, poco días antes de morir, lo llamó y se despidió como se despide a un amigo.
El problema de la subjetividadLeón fue un pionero en el ingreso del problema de la subjetividad en los debates de izquierda. Y aún hoy, a contrapelo del mundo, León sostiene categorías de análisis que muchos, obnubilados por el frenesí de las modas (de izquierda en los setenta, lacanianos durante la dictadura y místicos después de la caída del muro de Berlín), no sólo han abandonado, sino que reniegan de ellas. Por eso León no tiene ningún empacho en hablar de burguesía, de pobres, de poder, de Marx y de recordarnos que “quien ha visto la luz para volverse ciego, es un hijo de puta”. Porque habla del problema de la subjetividad de los actores de la acción política, de la coherencia, y evoca la flagrante contradicción de esa gente que “tiene ideas muy amplias y amorosas respecto de los desequilibrios sociales, pero que en la vida individual no tiene coherencia con lo que sostiene en la política”. Y mientras viva, su presencia será un cuestionamiento a la historia de cada uno, al fervor con que adhirieron a “la revolución” y dejaron de lado las condiciones subjetivas, al bastardeo de las acciones nobles, a la complicidad. Porque los muertos, que no son sus muertos, y sin embargo asume, “oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Porque son lo muertos de su generación, los que fueron sus propios amigos. “Qué hubiera sido de ellos –y de nosotros– si no los hubieran asesinado y estuvieran todavía vivos? ¿Qué hubiera sido del presente si tanto sacrificio, si tanta energía resistente, tanta risa, tanto fervor, tantas ganas y hasta tanta belleza hubieran estado hoy vivas? ¿Sería igual el mundo? ¿Seríamos los mismos nosotros?”, pregunta León, para quien todo no da lo mismo.
Ser argentino“Si León hubiese nacido en Francia, sería Foucault”, nos decían. En uno de sus viajes, se lo dijimos nosotros, y le preguntamos por qué se había quedado en la Argentina y no se había ido como hicieron Castoriadis o Ciorán. “Ser argentino también es una decisión”, nos contestó. “La propiedad del concepto de Nación y de Patria, como sí lo ha hecho la izquierda por considerarlo parte de los valores de la derecha (...) No existe una apertura a un espacio de globalización, si no se parte de la recuperación del campo nacional que determina el sentido de institución en lo internacional, no hay internacionalismo sin previa recuperación de lo nacional como punto de partida (...) El concepto de soberanía señala la inserción de lo individual, porque cada uno es soberano respecto de su propio cuerpo, dentro de un campo material: el cuerpo colectivo, que es el de la tierra patria, el que da sentido a toda individualidad”. Hoy, cuando el opio posmoderno forma sistema con el terror capitalista vaciando de sentido lo individual y prolongando el imaginario religioso como norma y consuelo, León vuelve a recordarnos que sobre ese fondo de terror y muerte se organiza un nuevo genocidio, el que –quebrados– posibilitamos desentendiéndonos de la producción y acentuando el consumo más insustancial e indigno. Pero nosotros, más preocupados por nuestro trabajo que por el colectivo en que sí nos incluye el enemigo, tenemos la fantasía de que atendiendo nuestro juego podremos quebrar la línea de fuego del poder.
Instinto de vida Han pasado más de 14 años desde aquella noche en que lo conocimos en casa de los Volnovich. Desde entonces, su mirada rectora fue un referente que nos acompañó, nos aconsejó y nos criticó siempre, hasta hoy cuando muchas cosas han cambiado en nosotros y en el mundo. León, sin embargo, a pesar de todo y a pesar de los años que él también sumó, declama: “hay que encontrar las razones de un optimismo nuevo, que no se apoye en ese pensamiento ‘realista’ que afirma, como consuelo y hasta como rasgo de valentía, que todo lo cruel que nos sucede ahora siempre ha sucedido: que la destrucción acompañó siempre en la historia a toda obra humana. Y que vale la pena vivir la vida tal como esta se ofrece, gozando de las bellezas creativas de la amistad, del amor o del arte, ayudando al prójimo más próximo, en lugar de seguir criticando; como si fueran incompatibles e irresolubles las condiciones de la realidad que nos quita nuestro único destino y las ganas de un presente intenso que está disponible en cada momento de la vida, por ingrata que esta sea”. Pero el león no se cansa, él sabe que “cada uno lleva una promesa materna de acogimiento que no puede ser frustrada definitivamente, porque vuelve a nacer con cada niño que se hace hombre. Y esas relaciones sociales entrañables están dibujadas como posibles aún en lo que la economía disuelve y pareciera negar. Pero persisten en el propio cuerpo. Es el sueño eterno de los hombres”.
|